La conmemoración de 2026 centra su agenda en el desperdicio alimentario y promueve soluciones desde los hogares, las comunidades y los sistemas de manejo de residuos.
El Día Mundial de la Limpieza, que se conmemora este 20 de septiembre, coloca en 2026 el desperdicio de alimentos en el centro de su agenda. Con el lema «De platos limpios a ciudades limpias», la iniciativa de Naciones Unidas vincula los hábitos de consumo con el manejo de residuos y la protección del entorno urbano.
La sede de la observancia mundial es Shaoxing, en la provincia china de Zhejiang. La convocatoria busca conectar las acciones comunitarias con soluciones para prevenir desechos y aprovechar recursos. El planteamiento amplía el alcance de las jornadas de recolección: también importa evitar que productos útiles terminen en la basura.
La dimensión del problema aparece en el Informe sobre el Índice de Desperdicio de Alimentos 2024, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y WRAP. Según ese documento, en 2022 se generaron mil 50 millones de toneladas de residuos alimentarios, incluidas las partes no comestibles. El volumen equivalió a cerca de una quinta parte de los alimentos disponibles para los consumidores.
Los hogares representaron 60 por ciento de ese desperdicio; los servicios de alimentación, 28 por ciento, y el comercio minorista, 12 por ciento. La distribución ubica a las cocinas domésticas como uno de los espacios de mayor atención. El informe también subraya que el fenómeno alcanza a países con distintos niveles de ingreso y requiere respuestas tanto individuales como institucionales.
Para reducirlo en casa, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura recomienda planear las comidas, comprar únicamente lo necesario y colocar al frente del refrigerador o la alacena los productos adquiridos primero. Servir porciones moderadas permite ajustar el consumo sin preparar cantidades que después resulten difíciles de aprovechar.
La FAO también propone conservar correctamente los sobrantes para otra comida, compartir los excedentes aptos para consumo y utilizar mediante composta los restos que no puedan aprovecharse. Son prácticas que requieren distinguir entre alimentos todavía útiles y residuos, además de respetar las condiciones de almacenamiento y seguridad de cada producto.
El reto de fondo es sostener esas acciones después de la conmemoración. El PNUMA plantea que medir regularmente lo que se desperdicia y coordinar a autoridades, empresas y organizaciones facilita detectar problemas y reducir pérdidas. Para las ciudades, esa tarea conecta el cuidado ambiental con un uso más responsable de los alimentos.